Mucho antes de que se inventara el bolso de hombro, las mujeres del s XVIII llevaban largos bolsillos bordados atados a la cintura. Ocultos entre las enaguas y el miriñaque, servían para llevar documentos, pequeños libritos de poemas, saquitos de olor, abalorios... Eran tan valiosos que incluso suponían una importante parte de la dote.